Precariedad a domicilio Los falsos autónomos pedalean por las grandes ciudades

Son las 22:50 de un lunes y delante del McDonald’s de Moncloa se puede ver una muestra de una escena que es cada vez más común en las principales urbes españolas: sentados en el suelo o apoyados en la fachada hay unos jóvenes con sendas cajas de dimensiones considerables colgadas a la espalda y bicicletas por todas partes, todos ellos mirando las pantallas de sus móviles con vehemencia.

Son repartidores de Glovo, una aplicación móvil que permite pedir a domicilio cualquier tipo de producto –especialmente comida– de los establecimientos que se encuentran en su catálogo. ”Solo piensa qué deseas… Ya vamos nosotros”, ofrece en su página web. Pero también existe la posibilidad de enviar cualquier paquete a la dirección que elijas, con el único requisito de que quepa en el contenedor del “bicimensajero”.

Repartidor de Glovo / Ricard Cugar

La peculiaridad de estos trabajadores es que Glovo les exige que se den de alta como autónomos, aunque no vayan a tener control sobre el precio de su labor o sus horarios dependan por completo de lo que marque la aplicación. elEconomista.es informaba en febrero de las investigaciones que se están realizando en España después de que Inspección de Trabajo acreditase que los repartidores autónomos de Glovo y Deliveroo –otra herramienta muy similar– tenían en realidad una relación laboral. “Los fines de semana eran prácticamente obligatorios. Si no tenías disponibilidad los fines de semana, no te cogían”, cuenta Fernando, que trabajó como recadero de Glovo entre noviembre de 2016 y junio de 2017.

La tecnología desestabilizadora

Glovo se fundó y empezó a operar en Barcelona a principios de 2015 y llegaría a Madrid en septiembre del mismo año, según reportaba eldiario.es en su sección ‘Hoja de Router’. Desde esas fechas, el progresivo desembarco de nuevas compañías en la capital que buscan un enfoque novedoso para la mensajería y el transporte ha sido constante. Son prueba de ello los constantes conflictos entre el sector del taxi y empresas como Uber o Cabify, o los vehículos compartidos de BlaBlaCar. Y Glovo tiene cada vez más competencia, con Deliveroo, Uber Eats, Stuart o Just Eat pugnando por el mismo espacio de negocio.

Estas novedades basadas en la tecnología móvil han sacudido un mercado que ofrecía ya de por sí condiciones laborales precarias y los gobiernos se encuentran aún estudiando cómo abordarlas mientras tapan huecos, como el reciente blindaje por ley al taxi para protegerlo del avance de Uber y Cabify, como informaba la semana pasada El País.

Un taxista protesta contra Uber / AP/Víctor R. Caivano

Nuevas formas de explotación

En un espacio emergente tan competitivo surgen modelos inéditos por parte de las empresas para abaratar costes. En el caso de Glovo ha consistido en crear la figura del falso autónomo para sus glovers, que es como la compañía se refiere a sus repartidores.

Pero además se utiliza un sistema de puntuación de cada uno de los mensajeros. Cuando se empieza a trabajar para la plataforma se tienen 2.5 puntos sobre 5 y en función de varios parámetros como las valoraciones de los clientes, el número de pedidos en horas de alta demanda o el aceptar pedidos con asignación automática, esa puntuación va aumentando o disminuyendo.

Captura de pantalla de los factores de puntuación de una glover / Jonay Beltrán

“La puntuación afecta muchísimo”, explica P., una repartidora que prefiere mantener el anonimato. Y añade que al llevar solo una semana trabajando para Glovo, y por lo tanto siendo su puntuación tan baja, no puede optar a los horarios más atractivos, viéndose obligada a estar constantemente consultando la aplicación, “intentando pescar pedidos”. Fernando coincide: “No puedes elegir las horas que trabajas porque dependes de la puntuación”.

Según P., venezolana recién llegada a Madrid, los glovers más veteranos, los que trabajaban cuando aún era una compañía mucho menor, están contentos con el empleo porque su puntuación es elevadísima, tienen prioridad máxima para seleccionar los pedidos que quieran atender y podrían, siempre según sus propios cálculos, facturar en torno a 2.200€ brutos al mes, “eso sí, trabajando diez horas al día”.

El mal menor

Con todo, hay quien tiene muy claro que, comparativamente, hay cosas peores que venderle tu tiempo a la plataforma móvil: “Para trabajar como camarera, o en un McDonald’s o limpiando baños, me siento cómoda como repartidora de Glovo”, cuenta P. Además, su condición de inmigrante, dice, no ayuda en absoluto a la hora de encontrar un buen trabajo y por eso muchos de los glovers son venezolanos.

Los bicimensajeros españoles con los que ha hablado parecen estar cómodos, aunque probablemente se deba a que muchos de ellos “lo tienen como un segundo trabajo”, justifica.

Los consumidores

Kamila Barca, que se declara usuaria habitual de Glovo, destaca el catálogo de restaurantes de la aplicación y la posibilidad de hacer envíos o pedidos de cualquier tipo de producto. Hace especial hincapié en las promociones en fechas señaladas como Navidad o San Valentín para descuentos por número de pedidos o para mandar flores a tu pareja.

Póster del cortometraje ‘¡Hola, buenas noches!’ de Pau Rodilla

Un reciente cortometraje titulado ‘¡Hola, buenas noches!’ y presentado en el Jameson Notodofilmfest critica e ironiza sobre esta práctica. El vídeo consiste en seguir a un bicimensajero que se encuentra pedaleando por las calles de una ciudad sumido en sus pensamientos, y escuchamos su monólogo interior. “¿En qué momento se nos ha ido tanto la cabeza que somos capaces de pedir un bocata a domicilio del bar de abajo?”, piensa. Y añade: “El nuevo lujo del mileurista es que otro trabajador que cobra aun menos que tú haga el trabajo que no te apetece hacer”.

Inmediatez es una palabra que ha pasado a un primer plano en los países desarrollados en los últimos años. “¡Lo queremos todo y lo queremos ya! ¡En una semana nos tragamos tres temporadas completas de la próxima serie que olvidaremos en un par de días!”, recrimina el repartidor del cortometraje.

Pau Rodilla, el director y guionista del vídeo, se refiere a los jóvenes con arcones en la espalda esperando por fuera del McDonald’s, consultando sus teléfonos móviles y peleándose por conseguir un pedido como “esclavos posmodernistas”, como víctimas de la instantaneidad de estos tiempos.


Reportaje para la asignatura ‘Géneros narrativos y dialógicos’ en el tercer curso del Grado en Periodismo de la UCM (24 abril 2018)

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